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domingo, 11 de abril de 2010

SERIE La Vida en el Bajo Mundo

Encuentro familiar tras las rejas

Día 1: La cuna, el punto de drogas

Día 2: "Era el nene del momento"

Día 3: Guerra sin cuartel

Día 4: Se desata el principio del final

Tras el derrumbe de la empresa criminal de su madre, Gabo tiene un encuentro con la adicción y termina preso
Por Ricardo Cortés Chico / rcortes@elnuevodia.com

Nota del editor: Este es el quinto y último capítulo de una serie de basados en un manuscrito redactado desde la cárcel por Gabriel Rivera Nieves, un joven que nació y se crió sumido en el narcotráfico. Todos los nombres, salvo el del protagonista, fueron cambiados para proteger la identidad de las personas.

Cuando Gabriel “Gabo” Rivera Nieves regresó a Ponce de Estados Unidos, a donde su familia lo había enviado para evitar que se vengara de los asesinos de su hermano, muchas cosas habían cambiado.

Su hermano menor, Gordo, estaba bajo la custodia del Departamento de la Familia. El punto de drogas no existía. Trató de reabrirlo, pero no tenía las conexiones.

No quedaba nada del imperio en el que había vivido la mayor parte de su vida. Gabo todavía lloraba el arresto de su madre, Mother, la bichota del punto, y el asesinato de su hermano Wichy, el heredero del ahora extinto negocio de drogas en el residencial Pedro Rosaly de Ponce.

Optó entonces por unirse al punto del vecino residencial Juan Ponce de León. Allí volvió un poco a su vieja vida en el narcotráfico. Lo pusieron primero como tirador de drogas y luego como “runner”, que es una especie de gerente del punto. También hizo amistad con Stewart, el administrador del punto, con quien compartía “hasta las mujeres”.

Un día Willie, su amigo de la infancia, lo invitó a fumar crack y Gabo decidió probar. “Fue una de las peores decisiones de mi vida”, recordó. La droga lo “volvió loco”. Willie y Gabo se fumaron ese día un paquete entero de crack.

La adicción inmediata, al punto que los $18,000 que le había dejado su hermano Wichy, los consumió en tres meses. Por su adicción, los dueños del punto estuvieron a punto de botarlo, pero su amigo Stewart lo impidió.

Ése era un apoyo que perdería poco después. Stewart fue asesinado poco después como parte de una “reorganización” en el negocio de venta de drogas en el residencial.

Cuando los nuevos dueños del punto fueron donde Gabo a pedirle la droga que guardaba como runner, se las ingenió para quedarse con el crack y parte del dinero de las ventas. Gabo y Willie estuvieron una semana encerrados consumiendo el crack del tumbe.

Cuando se acabó, vendieron todo lo que había en el apartamento, “hasta las ventanas que eran del caserío”. “Ya yo me había convertido en un tecato ‘full-time’”, dijo.

No pasó mucho tiempo cuando los dueños del punto concluyeron que Gabo se había robado el crack que faltaba y fueron a matarlo. Gabo se salvó “por intervención divina”. Había ido a un retiro espiritual al que lo invitó un joven religioso, aunque no asistió por interés en la religión, sino porque había comida.

“Mejor preso que muerto”

Cuando regresó al residencial, supo que lo buscaban para matarlo y se fue a dormir sobre una tumba en el cementerio. Allí no lo buscarían. Al par de días, se rindió y decidió entregarse a la Policía. Lo buscaban por un caso de drogas. Estaba harto y prefería estar bajo la custodia de las autoridades.

“Mejor preso que muerto”, dijo.

Esos serían los primeros de muchos días tras las rejas.

Gabo se entregó a las autoridades el 9 de septiembre de 1999. Fue tan sencillo como decir en la Comandancia de Ponce que era buscado por un caso de drogas. Poco después ya estaba en la Institución Correccional Juvenil de Cabo Rojo. Estaba encerrado, pero ya no dormía sobre las tumbas del cementerio.

La sentencia fue de 18 meses, que cumplió en el Campamento Santana en Maricao. La estadía en la cárcel lo hizo reflexionar. El aislamiento, además, lo alejó del crack. La única y mejor salida que lo llevara a arreglar su vida era con su tía Laura, quien lo cuidó en sus primeros años antes de que fuera a vivir con su madre.

“Le pedí disculpas. Quería estudiar y reformar la vida”, recordó Gabo.

Laura accedió a su petición. Cuando salió de la cárcel, ella asumió su tutela con la condición de que regresara a la escuela. Así llegó a la superior Thomas Armstrong Toro de Ponce, de donde se graduó con un índice académico de 3.20.

Obtuvo una beca por jugar baloncesto en el Recinto de Ponce de la Pontificia Universidad Católica y todo marchaba bien “hasta que me puse a fumar marihuana con unos compañeros y amistades de la universidad”.

“Quería ser parte del corrillo ya que era el Gabo”, dijo.

Un día, Gabo y otros conspiraron para robarse una guagua escolar en una residencia en Ponce. Los dueños de la guagua los sorprendieron y, en la huida, Gabo fue atropellado por un carro. Sufrió fracturas en las piernas. Sus compinches lo dejaron solo, tirado en la calle. Hasta allí el dueño de la guagua llegó y mientras lo miraba en el piso le dijo: “Bueno que te pase”.

Acusado de asesinato

La fractura hizo que perdiera la beca como atleta. Entonces, transfirió sus estudios al Recinto de Ponce de la Universidad Interamericana, los cuales tuvo que interrumpir cuando estaba por terminar para atender a su padre, Ata, quien había sufrido un ataque cardiaco en Estados Unidos.

Estando allá se enteró que su hermano menor, Gordo, se había fugado de un hogar sustituto y que lo habían arrestado vendiendo drogas en el residencial Rosaly. Al salir de la cárcel, Gordo regreso al caserío y allí le pegaron un tiro en la espalda que lo dejó en una silla de ruedas.

La noticia hizo que Gabo recordara todos los rencores acumulados por las muchas desgracias ocurridas en su familia a causa de su vinculación con el narcotráfico.

Casi de inmediato regresó a Puerto Rico.

Pero a su regreso, era buscado por la Policía. Contra él había una orden de arresto por asesinato y violación a la Ley de Armas. En mayo de 2008, Rivera Nieves fue arrestado por la Policía. “Me llevaron al cuartel de Sabanetas donde llegaron personas que ni conocía con cámaras y grabadoras porque supuestamente era una persona peligrosa en el área sur”, expresó.

Según la Policía, entre el 2005 y el 2008, Gabo fue el gatillero de una organización criminal en el área sur. Se le acusó por el asesinato de Luis Branch Cardona en la urbanización Villa Grillasca en Ponce, el 28 de marzo de 2008, junto a otras dos personas.

Gabo niega su vinculación con ese crimen. “Ante los ojos de Dios, ese caso ya se cayó”, dice. El procedimiento criminal en su contra actualmente está en etapa de juicio en la sala de la juez Carmen Otero el Tribunal de Ponce.

Las autoridades federales también encausaron a Rivera Nieves por conspiración para distribuir drogas. El proceso judicial en este foro está en etapa de sentencia ante el juez Daniel Domínguez. Desde su captura se encuentra en la Cárcel Federal en Guaynabo, donde escribió su historia.

“Lo más triste de todo es que me encuentro preso en el mismo edificio que está mi madre, pero no le puedo hablar ni tocar. Cuando la veo es a través de dos espejos y está a más de 25 pies de distancia. Lo único que me alienta es que está con Dios y cuando salga va a recuperar el tiempo perdido”, dice.

(La totalidad de la serie La Vida en el Bajo Mundo se encuentra disponible en www.elnuevodia.com)

sábado, 3 de abril de 2010

POEMA Calvarios, por William Pérez Vega


CALVARIOS

Con la cruz a cuestas ya vuelve el calvario

entre azotes viles que desangran pueblos

y hacen del escarnio un escupitajo

en la piel desnuda de los oprimidos

que sudan dolores de trabajo diario.

Ríen los poderes, levantando al aire

las 30 monedas y el cáliz robado,

en brindis de sangre del pueblo azotado

porque al fin al Cristo desnudo y jadeante

han crucificado.

Es el rito eterno de quienes repiten

desde sus altares un himno al escarnio;

dueños de las leyes, dueños de la iglesia,

dueños del Estado;

dueños de la lucha o del sindicato,

reencarnando a Judas, a Caifás y Herodes,

fariseos y escribas, levantando copas

con las mismas risas y las mismas manos

que empuñan el látigo

enfilando lanzas e hiriendo costados;

fosilizan dogmas hilvanando infamias,

coronas de espinas y clavando a golpes

las manos del pueblo ya sacrificado.

Reencarnan a Hitler, al amo esclavista,

a la Inquisición, a los invasores

y a Poncio Pilatos;

lo mismo en altares que en legislaturas

o en grandes palacios o en la Casa Blanca

de los blancos amos y ostentan poderes

fruto de la infamia y viles asaltos.

Visten de corderos, mientras de sus fauces

los feroces lobos sangran los despojos

del pueblo explotado,

convirtiendo templos y legislaturas, cúpulas y altares

en inmundos antros, cuevas de ladrones,

centros de mercado

donde ponen precio al Santo Sudario.

Ya vendrán los tiempos

en que tantos Cristos pobres, despojados,

sobre sus sudores desanden calvarios

sin dejar vestigio, piedra sobre piedra

destruyan los templos y enciendan las cúpulas

del poder hurtado y entierren el dogma

y quemen a una los siete pecados.

Entonces la gente de ropaje humilde

tendrá un nuevo himno que unirá gargantas

entibiando manos

y en la plaza grande habrá un nuevo templo

de paja, de tierra, pero tibio y santo

...en la mano firme de mi pueblo pobre,

pero liberado.

William Pérez Vega, del poemario LA MUERTE DE LOS DIOSES, 2007